Estoy triste,
y lo peor de todo
es que no tengo excusa,
ni siquiera ha llovido
para echarle la culpa al cielo.
Me he tomado tres cafés
y me ha dado por pensar
que tal vez mi tristeza es la que teje
esas nubes densas sobre mi cabeza.
Se quedan ahí,
mirándome,
aguardando a que el sol
decida irrumpir, victorioso,
montando un corcel blanco,
bajo una lluvia de suaves pétalos.
Pero hasta entonces,
no tengo paraguas para tanto gris,
y mi alma se cala hasta los pies,
mientras se me enfría el café
y este ruido en mi cabeza,
cada vez es más fuerte,
sin necesidad de un solo tambor,
ni una sola trompeta,
que apacigüen mi guerra.