No sé quién eres,
o si te estoy inventando.
Sé que existes porque te extraño.
Te escribo sin nombre
porque así te quiero,
inmensa,
como cuando miro al océano.
A veces pienso que te veo en algún rincón,
entre los acordes callejeros,
en una cafetería solitaria,
detrás de mis ojos,
y entonces, cruzamos miradas.
Seré el patoso que te ofrezca un saludo,
errando con las palabras,
intentando decirte
que llevaba siglos esperándote.
Pienso que tu risa debe sonar
como las campanas que golpean el cielo,
y, al mirar a las palomas regresar,
me bastó para empezar esta carta.
Imagino tus manos,
inventando números en una oficina,
o trenzando nidos para los pájaros
Y si no son así,
entonces serán como pétalos,
o tal vez raíces de un árbol.
No sé si llevas el pelo suelto,
pero me lo imagino alborotado
entre las sábanas de un domingo,
como si el viento te quisiera peinar
y solo a mi me dejaras
ordenar todas tus madrugadas.
Tengo tantas preguntas a medio desbordar
otras, tachadas en el pecho
o saltando por el suelo.
Te imagino leyendo estas líneas,
quizás sorprendida, quizás riendo,
la desconocida que llena mis versos.
Tal vez pienses que estoy loco,
no importa.
te quiero igual.
Pero si un día existes y eres tú
léela despacio,
déjala reposar entre tus manos,
entenderé que no me correspondas,
yo estaré bien, donde siempre, soñándote,
pero dime, si puedes,
si es a ti a quien siempre he amado.
Tu alguien.