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Ardo

Tengo los bolsillos con hambre,
el pecho con inviernos mal doblados.
He besado al miedo en la boca,
aprendí a vivir con él sin hablar
y ahora duermo con perros sin dueño
por no aprender a quererte sin más.
Me prometí no volver a caer,
pero el asfalto aún guarda la forma de mis rodillas.
He dejado mi nombre en bocas ajenas,
me bebí el valor con sabor a metal,
llevo herrumbre clavada en las venas
y visto una risa con grietas de sal.
Tú eras luz con resaca de estrella,
yo un corazón por domesticar,
cuando hablábamos de futuro
se nos moría en los labios al pronunciar.
No me enseñaron a despedirme,
solo a huir dejando sangre atrás.
Rompo fotos, promesas y espejos,
pero tu voz no la sé destrozar,
se me queda viviendo en el pecho
como un verso que no quiere acabar.
Y ardo,
como arde un pulmón lleno de humo,
me rompo los dientes mordiéndole al tiempo.
Ardo,
con óxido en la garganta y fe en los sueños,
como borracho pidiendo milagros
a un santo perdido entre incienso y vino.
Ardo,
con la culpa aprendiendo a bailar sin zapatos,
aunque el mundo me apague a hostias,
aunque el pulso me pida rendirme.
Ardo,
porque sigo viviendo en tus ruinas.
Si quererte es pecado,
que me incineren despacio,
que empiecen por los huesos,
que no exista mañana
y que mi luna se rompa en pedazos.
Si quererte me sangra la vida,
que me condenen diez mil años a vivirte.
Si me ves rezando
no es por fe,
es costumbre al dolor,
he aprendido a vivir sin suplicarte
delante de ningún dios.
Cuando todo se caiga en silencio
y no quede ni un resto de mí,
que la gente diga: vivió a contratiempo,
pero nunca aprendió a fingir.
Cuando se trató de quererte,
me desgarré en cada intento,
me rompí entero,
pero nunca te mentí.

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