Menú

La puerta Abierta

Que sea lejos de esta espera,
de esta puerta abierta,
como si amar fuera aprender
a no cerrarla nunca,
aun sabiendo que ya no regresas.
No te fuiste de golpe,
te quedaste yéndote
por la misma ventana
por donde entra el frío
que me despierta cada mañana.
Todo sigue en su sitio, menos tú,
siempre falta algo por amoldar
o me sobra algún recuerdo de más.
Hablo solo cuando llueve,
y la casa se ha vuelto ajena,
las gotas grises se hacen pequeñas,
al caer sobre el suelo
escriben lo que mi alma niega.
He aprendido a tejer cosas inútiles:
como intentar pensar que no te fuiste.
Me gustaría que vieras
que te quedaste en todas mis torpezas.
No quiero que pienses
que paso el día dramatizando tu ausencia;
la tengo ordenada por horarios
y cumplo la modesta rutina
de guardarte un sitio en la mesa.
Si vuelves no será ahora,
ni será igual,
y yo tampoco soy el mismo
que te dejó pasar.
Sigo aquí, defendiendo la puerta,
esperando oír a alguno de los dos
decir adiós.
A veces amarte es esto:
estar de pie frente a un umbral abierto
sin nadie al otro lado del tiempo
aprendiendo a fingir
que no se cerró.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio